Habíamos llegado sin darnos cuenta.
Y ahora que habíamos llegado, nos dábamos cuenta que todas y cada una de las cosas que conformaban el paisaje tenían una razón de ser: el cielo, la tierra, el mismo aire.
Parados a la entrada de un rancho, luego de haber gastado hasta lo último que teníamos... ya sin nada en los bolsillos y con muy poco en el alma, revisamos la FILCAR y entre los vericuetos de las manzanas y las callecitas que se dibujaban en los reducidos espacios, nos dimos cuenta que mejor sería que no nos hubiésemos perdido. Dinero para regresar no teníamos y mucho menos ganas para hacerlo.
Éramos unos tontos.
Sabíamos dónde estábamos... por un mapa.
Pero no sabíamos nada de nosotros mismos y lo teníamos que descubrir.
Todos nos jugaba en nuestra contra, pero teníamos una cosa a nuestro favor... solo una... teníamos todo el tiempo del mundo para hacerlo y nada por perder; porque cuando nada se tiene, nada se conoce y todo está perdido... solo queda una cosa en este miserable mundo... pero también lo teníamos que descubrir.
viernes, 26 de junio de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario